El lector divertido

La Caja de Cristal

La caja de cristal era una caja preciosa, con hendiduras y florituras que descomponían la luz.

Camila amaba esa caja, nunca la había abierto pues no era necesario, ya que desde el exterior podías observar lo bella que era y bueno, de paso mirar que adentro no había nada.

La caja parecía irradiar luz propia y Camila se pasaba horas y horas fantaseando sobre su amada caja.

Un día sin embargo la caja se rompió, y con el crujido del cristal algo se rompió dentro de la niña.

Sus padres, alarmados por sí ella se cortase, se acercaron apresurados. Pero Camila solo miraba horrorizada la situación.

El gato, que había hecho caer la caja, se estiro somñolientamente en el suelo. Miró despreocupadamente los destrozos de la caja y siguió caminando con suaves y acolchados pasos.

Los días pasaron y la preocupación de los padres no pudo más qué acrecentarse y estirarse, abarcándolo todo.

Camila ya no sonreía.

No sólo parecía triste, no. Sino que la niña parecía ausente.  Nada la entretenía, nada parecía captar ni un pequeño interés en ella.

La madre de Camila, angustiada, decidió que había algo más en aquella caja. Era hora de recuperarla.  había guardado los trozos, con la esperanza de que en Navidad, cuando pasaran por el pueblo del lado este, el viejo anciano de vitrales la recompusiera.

Pero no esperaría a Navidad. Su hija necesitaba la caja. Empacó una pequeña maleta para ella  y otra para su hija. Y partió, ya le explicaría a su esposo más tarde.

El anciano de vitrales la recibió amablemente pero se quedó de una pieza al ver los restos de la caja.

–  Es una caja de sueños. ¡Pero qué suerte tienen! Yo aún tengo una, a veces cuando me falta inspiración la abro un poco para recordar ¿Y qué contenía ésta? Díganme –  Les pidió el anciano con los ojos llenos de ilusión.

La madre de Camila le explicó que la caja no contenía nada, qué su hija nunca la había abierto.

– Esto es muy raro, – se extraño el viejo. Tomó una lupa y examinó el trozo más entero de cristal.

Su semblante cambió drásticamente.

– Es cierto, esto es una caja invertida. Una caja invertida absorbe los sueños y cuando se rompe… los destruye. Es horrible.

La madre de Camila miró asustada a su hija.

– ¿Quién les regalo la caja? – preguntó el anciano.

– Mi padre – susurró la niña.

 

 

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